Cauce

Publicación bimestral de la Coordinación de Extensión Universitaria

Letras en línea

Una vez más

Letras en línea

Uriel Domínguez González
Licenciatura en Política y Gestión social
División de Ciencias Sociales y Humanidades

Imágenes: Archivo Canvas

Hace días que me evita, su noble mirada no ve mi figura, y precisamente hoy que lo hace me ve como si yo estuviera enfermo: con tristeza, cansancio, realidad y drásticos gestos de repugnancia.

Estoy sano, me repito, y encorvo mi rígida figura buscando la retrospección de los últimos días. El engaño despojó mi corazón, el deseo insólito de mis bajas pasiones se hace cada vez mayor.

Ella es más joven que mi esposa Carolina, desprende luz y las arrugas sólo aparecen en su sonrisa.

Estaba tan cerca de estos 35 años de casados, que sólo era cruzar la esquina y en el primer aparcamiento a la derecha se encontraba su hogar, tan apacible como quien vive con seguridad y sin horror a la realidad.

Fue fácil enamorarme de Julieta, la descubrí observándome mientras estaba de compras. Se desplazó hasta a mí con una mirada atrevida e introdujo su delicada mano sobre su bolso, desdoblando y extendiendo una gran bolsa negra con un sólo movimiento para ayudar un poco con el dolor de huesos que me provocaban las bolsas desgastadas por el peso.

Nos miramos largo rato sin mediar palabra, la fila era larga para las frutas de temporada, hasta que rompí el silencio.

–¿Te conozco? –pregunté.
–Al parecer sí, por cómo me ves –respondió con una ironía familiar.

La gente nos miraba extrañada por nuestro contacto. Algunos, sin vergüenza, buscaban mi mirada y estaban en lo cierto, quizá algunos vieron justo el domingo con Carolina y ahora sostenía un coqueteo con una joven mucho menor que yo. Nuestro encuentro prosiguió como una planificación estructurada: nos atendieron al mismo tiempo, una equivocación con las bolsas permitió que regresara con una de Julieta en mis manos, lo cual provocó un diálogo sobre mi caballerosidad junto con el común interrogatorio: nombre, matrimonio, frutas del gusto, domicilio, tiempo libre. Mientras recorríamos las calles, quería ocultar hasta mi nombre de todas las preguntas que fingí. Su coqueteo era principalmente enfocar mi mirada en su risa y el suave rose de sus manos que golpeaban con las mías en cada paso que daba. Era mi colonia, el lugar que contempló mi primer amor, donde besé por primera vez a Carolina, ¿qué ser humano sería capaz de ocultar el deseo que viaja en el aire donde el primer encuentro se convierte en sexo?

Hace una hora que desperté, no dejo de pensar en Julieta, llevamos semanas saliendo y nuestros encuentros ya han cambiado de lugar. Me parece que el mercado no está listo para vernos florecer, y mucho menos Carolina, a quien la note siguiéndome estos días. Al parecer ya sabe que es reciproco nuestro sentir, lleva años saliendo los fines de semana y su alegría es tal que con un sólo beso rompe en llanto.

Carolina despierta, sigue su camino rutinario al baño y después a la cocina, ni siquiera sabe que estoy despierto y grita con fuerza desde la cocina: “¡Tus medicamentos!”.

Le repito que no estoy enfermo y vuelvo a pensar en Julieta, no se toma el tiempo de decirlo de nuevo y escucho que azota la puerta con gran furor.

Me alisto como siempre: camisa de cuadros y perfume por todos lados. Necesito de ella, tengo necesidad de sentirla y vivirla. Salgo bruscamente de la casa y al dar un paso fuera está Carolina con una bolsa de pan todavía caliente en sus manos y lágrimas en su rostro. Le sonreí y salí despavorido.

No le puedo fallar. Julieta está esperando fuera de casa, le reproché como siempre que no lo hiciera, que mi vida no estaba lista para presentarla. Ella ríe intensamente y me recuerda mis aventuras de juventud que viví con desmesurada pasión, como un justificante de que lo hará siempre.

Llegamos a su casa y lo primero que menciona después de quitarme la camisa es
–Ven, vamos a desayunar –me lo ordena buscando y estrechando mi mano para ponerla sobre su hombro.

Me siento tranquilo, respiro confiadamente sobre su sala y como si no hubiera dormido toda la noche en casa, me recuesto sobre su montón de ropa y por fin, por fin descanso.

Pasan algunas horas, cuando despierto Julieta estaba mirándome y sonriendo, el desayuno estaba en la mesa, pero ya no tenía apetito.

–Vámonos de aquí, seamos felices, que tus deseos se desprendan con naturaleza de tu cuerpo para llegar a mí –me lo dice suave y al oído, parece que recita un poema.
– Ya te lo he dicho antes, no puedo irme, Carolina no está lista –le respondo agresivo y arrebato mis manos entrelazadas de las suyas.

Ella comienza a llorar y sale corriendo a su habitación, no tengo el mínimo interés en ir a consolarla, tengo atorada a Carolina en mi garganta. He recitado tanto esta respuesta que ya no entiendo mis palabras, hace mucho que ya no mediamos, quizá esto haya terminado hace tiempo, pero por qué no lo acepto.

Me quedo pensando sobre nuestro matrimonio ya fallido. El sollozo de Julieta recorre toda la casa, se esparce y hace un hueco en mi corazón. La quiero y no me permito estar ahí un segundo más, hace un rato que había encontrado la tranquilidad que anhelaba, pero con justa razón la infidelidad no te permite la paz. No tengo a dónde ir, pero eso no me detiene para salir, tomo el rumbo más cercano al parque, necesito gente. 

Al llegar, busco la banca que solíamos tomar Carolina y yo cuando éramos novios, cubierta por la sombra de un árbol frondoso, un pequeño jardín detrás y lejana del sonido de los niños que juegan. Limpio un poco con mi mano el agua que se encuentra estancada en una de las curvaturas del asiento y me recuesto, hace tiempo que no sentía la brisa de la lluvia tocar mis mejillas, mi vida está divida en dos hogares y no en el aire fresco.

Un chorro de agua cae sobre mi, cae del frondoso árbol que ya había reciclado la mayor parte de gotas en sus hojas. Me incorporo y puedo ver a un grupo de niños observándome como un fenómeno, seguido de un gran grito de uno de los padres al percatarse de la situación: “¡Vengan para acá chamacos!”.

Doy un gran suspiro y caigo en cuenta de que ya conocen la aventura. Los papás de los niños, aterrados por no saber definir sólidamente lo que es el amor, les contagian el temor. Mis pies se levantan de un sólo golpe y me encaminan a casa, como si ellos fueran los únicos que honran a Carolina. No estoy listo para contarle de mi nueva aventura, mucho menos para que me saque de su corazón.

Al llegar a casa encuentro a mi esposa platicando con un joven bien parecido, los dos me saludan con entusiasmo y en ese momento siento que mi corazón se quiebra y deja de latir para empezar a salir

Fue tan notorio mi dolor que no tuve las fuerzas para quedarme a la presentación que se hace para mostrar los modales. Llegué a nuestro cuarto con una decisión tomada: “me voy con Julieta”. Tome dos pantalones, tres playeras y una chamarra que estaba en el cajón de Carolina. Ellos no me ven salir, están ocupados mirándose y no se percatan de que me voy.

No puedo resistir las lágrimas, salen y salen, sin ningún temor de que las vean, se muestran orgullosas, se resbalan sobre mis labios que no dejan de temblar. Cuando veo la casa de Julieta a lo lejos, me percato que esta sentada sobre una maleta rosa, ya me esperaba.

–Supuse que no tardarías –responde a mi gesto de confusión. No contesto nada, no puedo, tengo que olvidar la imagen de mi esposa y su amante. Nos dirigimos a la primera estación de autobuses. Ella me manda a comprar los boletos y me da el nombre del pueblo que está a las afueras de la ciudad. Subimos al camión y la gente sigue mirándonos, tal parece que nos seguirán de por vida. Me recuesto sobre el asiento y la miro durante todo el viaje.

Llegamos exhaustos, abre la casa que nos espera, todo está cubierto de bolsas y hay sobre ellas mucho polvo, tanto que se impregna en mi nariz y me mantiene estornudando todo el tiempo.

No tenemos sexo, nos mantenemos consternados sobre lo que ocurrió y dormimos mirando el techo sin color. Al despertar, estoy solo en la cama. Siento un miedo desolador que me impregna de horror. Aviento la colcha y voy a buscarla. No está en ningún lugar de la casa. Grito su nombre y veo su figura reflejada en el espejo: está afuera con una toalla que cubre la totalidad su cuerpo. Me tranquilizo, respiro profundamente y salgo a su encuentro.

Nos quedamos observando los árboles que resguardan nuestro hogar, como un cerco de gigantes que no dejan salir ni entrar a nadie.

La miro y de un tirón desprendo la toalla de su magnifico cuerpo que aún esta húmedo por el baño que tomó mientras yo dormía. No recuerdo haber sentido tanto placer como el que siento ahora. Me acerco a sus pechos y el aire fresco que traspasa nuestras entrepiernas enfila nuestros sexos para el encuentro. Mis manos alejadas del rostro comienzan a palpar sus curvas y erizar su piel, resbalamos, caemos en el lugar indicado donde nuestros cuerpos se alinean a la tierra fría y áspera. Nuestro hogar observa de frente el espectáculo de infidelidad, se deja llevar y con una ventisca cierra su puerta para no vernos más.

–¡Carlos!, ¡Carlos!

Despierto despavorido por el grito incesante, abro los ojos y es Carolina.
–¡Amor, despierta! –me insiste Carolina, pero todo es confuso.

No veo a mi Julieta, la busco por todos lados, mientras un hombre de bata introduce en mi boca una serie de pastillas y me trata de sujetar junto con el joven bien parecido, amante de mi esposa.

Los árboles se mueven, con gusto presencian mi desnudez. A lo lejos veo el reflejo de Julieta, quien se acerca como la primera vez que la conocí: una mirada atrevida y llena de seguridad que llega a las espaldas de Carolina.

–Doctor haga algo, ya tiene que reaccionar –escucho gritar a Carolina mientras mi mirada esta fija en sus espaldas.

–No puedo hacer más, él tiene que reaccionar –responde el hombre de bata y se sube en mí para que no pueda llegar a Julieta, mientras el amante de mi esposa no deja de llorar y me acaricia las mejillas.

Julieta está tan hermosa que comienza a desprender luz, se torna tan borrosa que tallo mis ojos sin medir la fuerza de mis puños todavía lodosos por el contacto para poder mirarla. Mientras mis ojos sangran, Carolina se pone de pie y grita:

–¡Vuelve, vuelve!

Julieta, de manera divina, toma la forma de Carolina. Sus manos se arrugan, su mirada se torna triste, su sonrisa se desvanece y mi deseo se pierde.

–Ya está con nosotros –menciona el hombre de bata, mientras se aleja y les pide un momento para hablar con ellos.

Estoy tan cansado que no logro incorporarme. Siento cómo mi sangre recorre mi cuerpo húmedo y tallado por la tierra.

Escucho decir al hombre de bata entre los sollozos de Carolina que la esquizofrenia ha aumentado y esta crisis es la última evidencia para internarme inmediatamente.

La mirada se me nubla y empiezo a recordar a mi esposa e hijo, quien lleva por nombre el mismo que yo. Susurro “Carlos” con dolor en mis labios, y corre hacia a mí el joven bien parecido, lloma y me llama papá. Siento un sueño agotador, los ojos poco a poco se cierran y el cuerpo deja de doler, no sé dónde despertaré. Miro a Carolina y le regalo mis últimos parpadeos de lucidez, reverencie que pude enamorarme una vez más de mi esposa

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