Cauce

Publicación bimestral de la Coordinación de Extensión Universitaria

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¡Ya la hicimos, Paco!

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Andrea Michelle Cruz González
Licenciatura en Comunicación Social
División de Ciencias Sociales y Humanidades

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¡Ya la hicimos, Paco!, le decía Pati con una sonrisa de oreja a oreja a su hijo cada que alguien fallecía en el pueblo, porque eso significaba que, a cambio de un almud [1] de frijol y de ayudar lavando trastes o haciendo tortillas, podría colarse al velorio y tener un lugar en donde comer por dos o tres días.

Paco siempre pensó que la felicidad de su madre en esas ocasiones se debía a que le gustaba el ambiente en los velorios, la banda tocando, el café caliente, el olor a tortillas recién preparadas, las lonas en los patios deteniendo la llovizna y las pláticas con mezcal en la que siempre se escuchaba: “Qué rápido se nos fue, hace una semana lo vi pasar por mi casa”. Luego entendió que realmente era porque durante varios días su mamá quedaba libre de vender lo único que tenía en el mundo para poder sobrevivir: su cuerpo.

En un escondido pueblo, entre la difusa luz blanca que provocaban las nubes bajas y la neblina, entre las calles adoquinadas y entre las veredas marcadas por el inestable terreno que tejían las montañas, siempre se escuchaban los susurros que perseguían a Pati, condenando su lamentable existencia en aquel lugar, que como decían las malas lenguas, de no estar ella sería mucho más agradable.

Las pantorrillas morenas, firmes y gruesas, acompañadas de unos ojos grandes y verdes, y de un frondoso cabello rizado, eran los atributos que las autonombradas mujeres de bien siempre criticaban en ella cuando se reunían en los callejones y la veían pasar con sus faldas repetidas, tapándose con su único rebozo viejo.

También criticaban sus ojos, sus hermosos y condenadores ojos, herencia del infeliz de su padre, un español minero que violó a su mamá cuando tenía apenas 17 años, un día que ella caminaba con su nixtamal en la oscuridad de las cinco de la mañana de camino al molino. Su ojos eran condenadores porque así como culparon a su madre por no preparar tortillas el día anterior y salir tan temprano buscando tragedia, también la condenaron a ella por tenerlos y provocar al vendedor ambulante de la fiesta del pueblo, dejándole como recuerdo de la profanación de su cuerpo a Paco y toda una vida alejada de la tranquilidad carnal, cerquita del señalamiento de la gente.

Sus labios gruesos y rosas, besados por tantos hombres en el pueblo: por los solteros, los casados, los viudos y hasta los que se dedicaban a Dios y se ponían una túnica para dar misa de siete el domingo, querían sólo besar las mejillas del redondo rostro de Paco, sus manos gorditas o el cabello rizado que indudablemente lo evidenciaban como su hijo y como lo único que ella tenía en el mundo.

Paco sentía que era tratado bien por todos. Le gustaba que le regalaran dulces de anís y galletas de animalito en las tiendas. No entendía la razón, pero alegre aceptaba los cariños de las señoras, quienes extrañamente luego de brindarle una sonrisa, lo intimidaban con la mirada y susurraban bajo sus rebozos; siempre recibía educadamente los saludos de los hombres que lo veían pasar y entre risas gritaban: “¡Salúdame a tu mamá, Paquito!”. Después de todo, Paco no entendía que no eran más que simples gestos de lástima y burla al pobre e inocente hijo de la prostituta del pueblo.

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Pati y Paco vivían en una casa de adobe a orillas del poblado. La casa tenía un cuarto, un corredor, una cocina, un baño afuera y una casetita de madera que Pati usaba para rezar, o al menos eso le decía a su hijo, ¡qué mentira más grande!, ¡qué mentira tan más llena de amor!

A Paco le gustaba abrazar a su mamá mientras dormía, la tomaba por su pequeña cintura con un brazo y con la otra mano sujetaba su oreja, porque si no, no podía dormir. Era de sueño profundo, pero muy a menudo se despertaba en las madrugadas y cuando lo hacía, no comprendía por qué su mamá no estaba a su lado. Imaginaba que salía al baño o por una taza de café, así que sin intrigas, solo volvía a cerrar los ojos y rápidamente se quedaba dormido para encontrar a su mamá entre sus brazos a la mañana siguiente, como si nada hubiera pasado.

Una noche, en medio de la somnolencia, Paco se levantó de la cama, salió al corredor, luego al baño y al no ver a su madre por ningún rincón de la casa, caminó hacia la caseta de madera que estaba a un lado del patio donde extrañamente había luz. Se asomó por una rendija y la vio sobre un petate, desnuda besando y acariciando a don Julián, el papá de su amigo Saúl.

En la oscuridad, con la deslumbrante luz de luna llena y con el frío viento de otoño, Paco corrió a su cuarto, nervioso y con el corazón agitado. No entendía nada, las manos le sudaban y las orejas le ardían. Lloró sin saber la razón y se quedó dormido con las manos entre las piernas y la lengua aplastada fuertemente por sus dientes para controlar el sonido del llanto.

A la mañana siguiente, cuando recién los gallos anunciaron el regreso del Sol, a lo lejos se escuchó el repique de campanas y una voz tenue que, entre el sonido de una marcha fúnebre, anunciaba en el pueblo la partida de uno de sus habitantes. Paco, aún alerta por la pesadez de la noche, escuchó muy cerca de su oído el tierno susurro de su madre que alegre besaba su cuello y le decía: “¡Ya la hicimos, Paco!”


[1] Unidad de medida casi en desuso que equivale a 11 centímetros cúbicos. Actualmente su uso se limita a áreas rurales de algunos países de Latinoamérica.

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