Publicación bimestral de la Coordinación de Extensión Universitaria

Cauce en línea

Sólo un par de botas

Letras en línea

Elsa Llanina González Mayoral
Maestría en Desarrollo y Planeación de la Educación División de Ciencias Sociales y Humanidades

Hace algunos días, en una mañana como cualquiera –al salir de casa– me topé con una gran cantidad de personas. Todas y cada una de ellas con un destino, la mayoría llevaba prisa; personas que no tengo reparo en llamar gente, gente que va de prisa, gente que no conozco, gente que se atraviesa en mi camino, gente que me aplasta en el transporte… Para mí la “gente” son las personas que a pesar de ver e interactuar con ellas por un momento, no trascienden en tu vida.

Lo único discordante en mi mañana fue que al subir al transporte sentí una atracción casi mágica hacia un par de botas, tan lustrosas y brillantes que pensé de inmediato que eran nuevas.

Quedé tan encantada que tuve que acercarme para verlas mejor. Quité de en medio a la gente que me estorbaba: frente a la puerta estaban un par de botas de color café claro, tan pulcras que quedé maravillada. Era como si fueran inmunes a toda la suciedad de esta ciudad. Noté que tenían unas leves arrugas al frente, de esas que se forman por el andar de las personas. Su tacón lucía un leve desgaste desigual que coincidía con las piernas arqueadas de quien las llevaba. Se remataban con unas agujetas café oscuro que ayudaban a atarlas hasta la mitad de la espinilla de la mujer que las portaba.

Quedé fascinada, eran botas tan comunes que no podrías reconocerlas de otro montón de botas cafés, pero que destacaban de todo el caos que las rodeaba, incluso de quien las traía puestas. Aquella a quien no reparé a admirar más que por sus botas.

Esas botas desataron en mí el deseo, un deseo de poseer un par iguales; unas que pudieran lucir igual o más bellas a esas botas de las cuales tuve que, tristemente, despedirme al llegar a mi destino.

No sé si alguien más notó ese par de botas cafés en medio del mar de tenis, zapatos, zapatillas, sandalias, entre muchos otros tipos de calzados, pero para mí significaron ostentar algo que me diferenciara de los demás.

Imagen Archivo Canvas

Pasé el día entero pensando en las botas, ¿dónde podría conseguir un par igual? ¿Me quedarían tan bien? ¿Con qué ropa podría combinarlas?

Busqué en mi teléfono botas parecidas, pero a pesar de pasar horas revisando páginas de ventas en línea no pude hallar lo que buscaba, no había nada como aquellas botas cafés desgastadas y limpias que vi por la mañana. Para ese momento eran ya una obsesión. Hablé de ellas con todo aquel que escuchara; pasé a propósito por las zapaterías cercanas a casa, pero no encontré nada si quiera parecido.

Me di por vencida, me enojé mucho porque no podía tener lo que deseaba. Me reproché no haber tomado una fotografía para al menos admirarlas y enseñarle al mundo de lo que hablaba. Me enojé aún más después de que alguien me comentó:

–¡Pero son sólo un par de botas!

Sólo un par de botas, ¡un par de botas! ¿SÓLO UN PAR DE BOTAS?

Me sentí indignada, esa gente no puede entenderme, mucho menos ayudarme en mi búsqueda.

Al final del día llegue a casa, busqué mis propias botas cafés. Estaba decidida a hacer que las mías brillaran ante el mundo. Las lavé con un jabón especial para piel, las pinté con un tono similar al que recordaba de las que vi esa mañana, limpié la suela y el tacón, lustré la piel de manera delicada –pero diligentemente– para que relucieran tal y como quería que se vieran. Después de un arduo trabajo y, con afán de transformar mis botas, quedaron tal y como estaban antes de empezar: no existía ese brillo, esa chispa que me hizo voltear a verlas cuando las compré, ¡qué fiasco!

La avidez por esas botas cafés no era para protegerme, porque para eso ya tenía botas; no era para sentirme cómoda, pues tenía tenis y pantuflas; no era para andar fresca, ya que tenía chanclas, sandalias y huaraches; tampoco para completar un atuendo, pues tenía zapatos formales e informales: era para cubrir una necesidad más allá, una necesidad que no puedo describir pero que me hace pensar y repensar, buscar, empeñarme en la indagación de mis propias botas cafés…

Han pasado varios días. La obsesión se volvió compulsión ¿Cómo es que el fetichismo hacia unas botas cafés me ha llevado a caer tan bajo? ¿Acaso soy yo? ¿Cómo llegué hasta aquí? No lo sé, ahora lo único que me preocupa es saber si me quedarán.

Se ven un poco pequeñas –no importa– solamente necesito encontrar cómo limpiarle esas horribles gotas de sangre que penetraron en su piel limpia y lustrosa, como resultado de haberlas sacado por la fuerza de los pies ya rígidos y fríos de quien las portaba.

DEJAR UNA RESPUESTA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *