Cauce

Publicación bimestral de la Coordinación de Extensión Universitaria

Cauce en línea

A dónde voy

Letras en línea

Santiago Montes de Oca Solano
Licenciatura en Medicina
División Ciencias Biológicas y de la Salud

No soporto más este encierro de cuatro paredes, siento que me oprimen el corazón, que lo deforman; siento que mi llanto regresa con un lastimero sonido amplificado y repetitivo. No lo soporto más y decido, entonces, tomar un tapabocas para ir a caminar por donde quiera que el viento me lleve. Sé que es peligroso, pero no sé cómo hacer para que la vida deje de ser así.

Es mi paso acompasado; sin embargo, no es el smog lo que no me permite respirar, sino el tapabocas que me protege de la muerte, la cual a cada esquina pide subirse a un autobús. De mi triste y gris mirada, –cual letrero, cual charco negruzco de una lluvia pretérita–, se refleja el dolor de las personas apresuradas que mojan su gastado calzado, caminan.

Imagen Archivo Canvas

Camino para que de repente el grito de dolor llegue desde nuestras espaldas cuando en esta banqueta tan estrecha el autobús roce nuestros cuerpos, levante nuestros cabellos y en esa ráfaga de viento nos sustraiga el alma a pedazos; cuando su estruendoso rechinar de hojalatas viejas se nos infiltre, queriendo romper el delicado cristal que protege nuestro negro, pero humano corazón.

Veo en mi tonto caminar a un hombre que fuma con sus dedos ya amarillentos, matándose por ser feliz. Sigo caminando y tropiezo con una mujer que lleva a tres hijos prendidos de su cuerpo: no portan tapabocas alguno y me pregunto ¿qué será de los niños si…? Continúo avanzando y me caigo con la basura que brota de las coladeras.

Veo a un policía dentro de su oscura patrulla, iluminado por la pantalla de su teléfono, está ahí fingiendo su responsabilidad –viendo pornografía–. A lo lejos, unos novios se abrazan para que no se les escape el amor y se besan sin miedo al contagio: no hay enfermedad más terrible que el amor. Hay otros más que desde su continuo desasosiego gritan palabras de odio, palabras que ahogadas por el tapabocas de quien hace perorata, aunque, igual de contaminantes que un virus. Veo mi reflejo en un espejo y siento tristeza.

¿Qué harán las demás personas?, ¿es que no ven a los demás?, ¿qué les depara el futuro? La gente, mi gente, igual de ciega como mi caminar entre calles cada vez más abandonadas por el Sol, oscurece. Y la pobre mujer y el pobre hombre, el pobre niño, el pobre anciano con el tapabocas mal puesto, el pobre ladrón al que la vida le parece injusta… ¿Dónde están?!, –grito entonces–, ¿dónde están los pobres buen hombre y buena mujer que ante el problema actual aún quieren abrirnos los ojos? 

No los vi, durante todo mi trayecto los busqué y no al no hallarlos los inventé en mi cabeza. Ahí anidan a salvo la mujer que lucha por sus derechos y obligaciones; el hombre que por no tener vicios, su cuerpo no está manchado; niñas y niños que lloran de alegría por saber que sus padres y familiares están a salvo; policías que son héroes y prototipos de responsabilidad, no de miedo y patetismo; ancianos a quienes se les hace respetar lo ya andado de vida pasada; calles que a cualquier hora del día y la noche están alumbradas, dándole certeza a los pasos de mi gente y los míos para llegar simplemente seguros a casa.

Pienso todo esto mientras camino. Avanzo y, de repente, un atronador sonido de coche frena a mis espaldas; otro camión, quizá, seguir este tortuoso pero valioso camino es necesario para que en un futuro pueda ayudar a las personas: mi gente.

Se escucha el abrir de unas puertas, luchar con ellos y ellos por mí. Siento demonios jalar mi cuerpo hacia el infierno del coche –abrir los ojos para ver con ellos un mejor futuro–; sin embargo, ahora dentro y cegado con una venda que oprime mi ver y decir nunca más sabré a dónde voy, ni a dónde van ellos.

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