Cauce

Publicación bimestral de la Coordinación de Extensión Universitaria

Cauce en línea

La utopía como ancla esperanzadora: hacia una nueva solidaridad

Christian Mauricio Conde Rosales[1]

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¿Qué es lo que realmente nos da más miedo de la pandemia del coronavirus: la enfermedad misma, el contagio en el exterior, la soledad, la debacle económica, la pérdida de la normalidad a la que estábamos tan acostumbrados o la incertidumbre de un futuro incierto? Abordaré desde distintos ejes que de alguna manera u otra puedan esbozar un panorama de lo que vivimos actualmente, para tratar de responder esta pregunta.

Fobia al exterior: la proliferación de la agorafobia

Estudiando la carrera de psicología cursé un trimestre en el que nos dedicamos a explorar las nosografías freudianas, donde las fobias tuvieron un lugar relevante. En un principio Sigmund Freud decía que las fobias eran parte de las neurosis de angustia. Con el caso del pequeño Hans —o Juanito, depende de la edición que se consulte—, Freud describió que el miedo a salir y el deseo de regresar pronto al seno de su madre, provenían de un amor excesivo hacia ella, lo cual desembocaba en un conflicto con el padre. Posterior- mente, reformuló su teoría al señalar que la agorafobia era producto del temor a los caballos, representación del padre, y de la posible castración de Hans, razón por la cual tenía que poner todos sus temores y sentimientos negativos en una figura más aceptable que no tuviera miedo a odiar: el caballo.

Lo cierto es que aún no hay una explicación que nos diga con toda claridad de dónde provienen las fobias. Hasta ahora, lo común es decir que puede haber causas externas que estimulan el trauma interiorizado o que la angustia proviene del interior, del inconsciente, y es puesta en escena al exterior en forma de fobia.

Lo que estamos viviendo hoy podría ser concebido como una agorafobia generalizada. La agorafobia se define como el temor obsesivo a los espacios abiertos o descubiertos (RAE, 2020).

En la actual situación, tenemos miedo a salir. Podríamos decir que una razón para experimentar semejante miedo es una causa externa, las múltiples imágenes que nos bombardean en las redes sociales y los medios de comunicación tradicionales como radio y televisión, alertan nuestra psique ante una enfermedad que en apariencia no es más letal que una simple gripe, pero que al mismo tiempo ha causado más muertes que cualquier otra enfermedad crónica, un virus que “anuncia el fin” de los seres humanos, que atenta contra el deseo inmanente de ser inmortales, el cual se plasma en las fotos y videos que compartimos en las redes socia- les y forman parte de nuestra memoria digital, sin permitir que algo se borre, por lo que ponen en tela de juicio el flujo natural del olvido.

Por otra parte, podríamos decir que nuestra fobia al exterior también tiene causas internas. La mayoría de nosotros no hemos visto de cerca los efectos propios del coronavirus, hasta ahora nuestra principal fuente de conocimiento proviene de imágenes externas. Tenemos miedo a algo que nos dicen que está afuera pero que no podemos ver, como el miedo al Coco por el que salíamos corriendo con nuestros papás.

Leí una nota en El Universal, donde se informa el decreto presidencial en El Sal- vador para poder utilizar la fuerza letal en contra de organizaciones criminales, como los llamados Maras (González Díaz, 2020). Se anexaba otro texto acompañado de imágenes en donde se podían ver cientos de reos sentados unos detrás de otros formados en bloques, desnudos y con la cabeza rapada, mientras policías vestidos como “ganaderos” los vigilaban de cerca (González Díaz, 2020). Resaltaba la fotografía de un reo sentado con la cabeza en alto, como tratando de vislumbrar un rayo de esperanza al cual pueda dirigir los últimos rezagos de su dignidad pisoteada hasta ese momento.

El Estado ha cobrado relevancia nueva- mente sobre el mercado. Se han cerrado fronteras, cayó el precio del petróleo, y policías, militares y marinos vigilan las calles y puertos para que nadie incumpla las medidas sanitarias.

En países como Nueva Zelanda, si algún ciudadano se percataba de que algún vecino no hacía caso a las medidas impuestas, podía hablar a las estaciones de policía para que lo sancionaran (W Radio, 2020), como cuando acusabas a tu hermano por no haberse comido las verduras, y tus padres lo regañaban y castigaban.

Hemos visto como en Europa y América Latina el Estado benefactor cedió su lugar para pasar a ser un facilitador de las leyes mercantiles, y poco a poco quedó relegado; sin embargo, países como EUA, Brasil y, por supuesto, México, han llevado a la silla presidencial a hombres que piensan que la ciudadanía necesita una figura paternal que los proteja y les diga qué desean y qué tienen que hacer en una situación como la que acontece hoy en día. Si comparamos a estos presidentes en el continente americano con Angela Merkel, primera ministra de Alemania o con su homóloga en Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, ellas harían las veces de padres o madres de familia estrictos que no te dejan salir a jugar con tus amigos al parque, que te dicen que te pongas suéter, que no te dejan comer con las manos sucias y que están al corriente con tu cartilla de vacunación. Los presidentes de México, EUA y Brasil serían como aquellos padres que te dicen “no pasa nada”, que no te llevan al doctor cuando tienes gripa y prefieren darte té de gordolobo con miel porque las enfermedades son orquestadas por las grandes farmacéuticas para tener mayores ganancias.

¿Qué padres nos conviene tener, los que te prohíben cosas pero que a largo plazo podrían tener razón, o aquellos que nos dicen que “no pasa nada”? Los primeros previenen, es cierto, pero a costa de suprimir las libertades que como seres humanos tenemos. Los segundos justamente abogan por estas libertades, sabiendo que no pueden mantenernos encerrados por la fuerza, pero con conciencia de que si salimos nos podemos contagiar.

Tener padres con reglas estrictas para evitar el contagio puede generar descontento y a su vez provocar acontecimientos complicados de contener, como las recientes protestas en Alemania contra las medidas restrictivas para prevenir el contagio de coronavirus (Carbajosa, 2020).

Es verdad que en el ejemplo anterior falta tener en cuenta factores como la sol- vencia económica para poder mantener a los ciudadanos encerrados por un mes o más; los efectos del encierro en la economía local e internacional, y la capacidad policial y sanitaria para ejercer de “una manera correcta” las medidas para pre- venir el contagio.

Independientemente del tipo de padres (gobierno) que tengamos, es innegable que estamos experimentando una fobia al exterior, a algo que no podemos ver pero que sin duda nos puede matar. Puede que estén exentos de este miedo aquellos que siempre han vivido con la amenaza de su contexto social o por su fragilidad económica y que no les queda más que enfrentarse a este virus “fantasma” con lo único que tienen: la vida misma.

En este caso, la agorafobia también es el miedo a lo extraño, a lo que no conocemos, a lo diferente. La agorafobia puede estar disfrazada de racismo, intolerancia, repulsión y exclusión hacia aquello que nos resulta extraño o diferente, y que amenaza el confort y la tranquilidad que tenemos dentro de nuestra casa, fraccionamiento o complejo departamental o al interior de los locales comerciales, pues las personas que están fuera son quienes atentan contra la “normalidad”, son los enfermos, los contagiados por el virus de la pobreza y la miseria. Nos recuerdan que en cualquier momento o descuido podemos formar parte de los rechazados, basta un tropiezo, un accidente, un no lavarte las manos para dejar de ser lo que somos y convertirnos en nada, en parte de un virus “fantasma”. ¿En realidad tenemos agorafobia, miedo a salir, a contagiarnos o tenemos miedo a los enfermos, a los “diferentes”, a los que amenazan la “normalidad” de la vida?

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La fragilidad de la seguridad en el encierro

Hoy más que nunca debemos enfrentar nuestros miedos, no sólo a la agorafobia que expongo en este texto, pues el mismo encierro, autoimpuesto o no, puede ponernos frente a uno de los temores que no creíamos tener o que se antojaba difícil de experimentar, al menos de una manera masiva, como está sucediendo en estos momentos de pandemia: la soledad.

La soledad es una sensación que eventualmente tenemos en algún punto de nuestra vida; sin embargo, en una situación de confinamiento global parece que cobra relevancia por los efectos que tiene en la salud mental de los ciudadanos: angustia, desesperación, tristeza, depresión, son algunos de los síntomas que describen las personas que han solicitado diversos servicios de atención a la salud mental en diferentes partes del mundo (Pecharromán, 2020).

Pero no sólo la soledad tiene efectos en la salud psicológica de los confinados. En los últimos días de abril y los primeros de mayo, se reportó un aumento de hasta 80 por ciento de llamadas a números de emergencia para atender casos de violencia de género. Tal hecho provocó que la Secretaría de Gobernación desplegara un comunicado en el cual anunciaba un mecanismo de protección para la atención y seguimiento para las denuncias de violencia contra las mujeres, niños y adolescentes (LatinUs, 2020).

El encierro nos protege de las amenazas del exterior, de lo que nos podría pasar en y con los desconocidos, pero ¿qué nos protege de las amenazas al interior de nuestro hogar, de nuestra familia y de los propios pensamientos?, ¿de qué manera podremos soportar la crisis si el lugar en el que deberíamos tener soporte y apoyo funge también como algo —o alguien— que atenta contra nuestro bienestar físico y mental?, ¿con quiénes cuentan los que sufren violencia cuando el presidente de tu país dice que las llamadas para denun- ciar son falsas, minimizando un problema que precede a la pandemia? (Cortés Martínez, 2020).

Algunos privilegiados contábamos con las herramientas para hacer frente al encierro de la pandemia de una mejor forma: terapia psicológica previa, una familia que en verdad funcionó como una red de apoyo, un hogar con cimientos fuertes, y la solvencia económica más o menos necesaria para poder satisfacer las necesidades básicas; pero una epidemia es así, no avisa, no da tiempo de que te prepares, no le importa si tienes los medios o no para enfrentarla. Al parecer, lo más democrático que hemos vivido como humanidad en nuestra historia reciente fue justamente este virus que ataca y da muerte a todos por igual, tanto en hospitales públicos como en privados, en lujosas mansiones o en la podredumbre de la calle.

El ancla de la esperanza

Quizá como especie no se nos presente otra oportunidad para desarrollar el valor de la solidaridad como la que tenemos ahora. Debemos dejar atrás el miedo al otro, hay que voltear la mirada hacia todos lados, porque el virus es la prueba más irrefutable de que todos somos iguales, que aunque podamos tener más o menos carencias económicas, de seguridad, vivienda o salud, la finitud de los seres humanos es el destino que todos compartimos. El apoyo y cooperación que hemos visto: para desarrollar una vacuna, prevenir la bancarrota de comercios, comprar equipo de protección para médicos y enfermeras, deberían quedar como un hábito.

Una experiencia similar —guardando las debidas proporciones— fue el temblor que sacudió la Ciudad de México en 2017. Fui como voluntario a recoger escombros en compañía de amigos a un edificio derrumbado cerca de la colonia Portales y

decenas de personas esperaban su turno para poder participar en las labores de limpieza y esparcimiento. Vecinos de la zona repartían comida y suero para voluntarios. No había diferencia, no se hizo presente el miedo al otro. La agorafobia, el miedo a salir fue vencido por las ganas de ayudar. Se compartió una meta, un bien común. Pareciera que la empatía y solidaridad sólo aparecen en momentos de extrema crisis. Y la empatía a la que me refiero no aplica nada más para los ciudadanos de a pie.

Los estudiosos de las ciencias sociales también forman parte de los que sufren la agorafobia a la que me refiero. En su mayoría escudados en la enseñanza académica, pecan de ser demasiado teóricos. En mi opinión, hace falta que salgan, que se empapen del terreno que quieren estudiar, que sus textos y su teoría sean una producción de conocimiento en conjunto con aquellos que justamente son su objeto de estudio, ¿quién va a saber más de aflicciones y dolores que quienes los sufren?

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La “nueva normalidad” estará marcada por fronteras. Las imágenes del regreso a actividades en Wuhan, la comunidad china epicentro de esta pandemia, están llenas de lugares delimitados, barreras de vinil y todo aquello que evite el contacto. La gente sale con overoles de plástico, ca- retas, cubrebocas, guantes y lentes pro- tectores (Culvert y Westcott, 2020).

Todo contacto humano está restringido, y por ello, el surgimiento de una solidaridad y empatía hacia los demás se antoja difícil. No obstante, estos límites físicos no deberían ser un obstáculo para otro tipo de ayuda y cooperación, como los donativos en especie a los más necesitados, las campañas de universidades y centros de salud para abrir otros canales de atención psicológica para los ciudadanos. Maneras de ser empático y cooperar más allá del contacto físico existen.

Finalmente, lo que el virus nos ha demostrado es una paradoja propia de la sociedad actual. Por una parte, evidencia el creciente individualismo entre los sujetos, el ensimismamiento en el que se vive en las redes sociales y el mundo de fantasía que éstas crean, así como la falta de empatía y solidaridad provocadas por un miedo al exterior, a lo desconocido, a lo diferente.

En segundo lugar, se pone de manifiesto que aunque la tecnología ayuda a facilitar la comunicación entre personas, no va a sustituir jamás el contacto humano. Los esfuerzos que hacen países muy avanzados en temas tecnológicos —como Japón, Corea del Sur y China— para desarrollar robots con mejor aspecto humano o inteligencias artificiales que llegan a expresar emociones propias de los sujetos, quedan cortos en su propósito, pues en el encierro lo que más se añora es el contacto con otro ser humano; el confort que te da un abrazo; la serenidad que brinda una palmada en la espalda o el simple hecho de estar acompañado de alguien brinda un soporte emocional que jamás podrán dar las creaciones en laboratorios y talleres.

La paradoja de la agorafobia es a la que deben apuntar los nuevos estudios en ciencias sociales: ¿hasta dónde se pueden restringir las libertades de los seres humanos para evitar una catástrofe humanitaria?, ¿cómo reaccionar ante los problemas que provoca el encierro?, ¿de qué manera se puede reducir el miedo a lo desconocido, al exterior para realizar actos solidarios y más empáticos? La clave es no perder esa utopía de unión como ancla esperanzadora para un futuro cooperativo, democrático y comunitario de bienestar social.


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[1] Alumno de la licenciatura en Psicología.

Referencias

Carbajosa, A. 2020. “Un cóctel extremista y conspirador contra un supuesto nuevo orden mundial”, en El País. Disponible en: https:// elpais.com/internacional/2020-05-14/un-coctel- extremista-y-conspirador-contra-un-supuesto- nuevo-orden-mundial.html

Cortés Martínez, B. 2020. “El 90% de llamadas por violencia contra la mujer son falsas: AMLO”, en Radio Fórmula. Disponible en: https://www. radioformula.com.mx/noticias/20200515/amlo- mujeres-violencia-de-genero-reporte-llamadas- falsas-tabla-cifras-2020/

Culvert, D. y B. Westcott. 2020. “Wuhan está en un camino lento de regreso a la normalidad después del confinamiento de 76 días por coronavirus”, en CNN en Español. Disponible
en: https://cnnespanol.cnn.com/2020/04/23/ wuhan-esta- en-un-camino-lento-de-regreso-a- la-normalidad-despues-del-confinamiento-de-76-dias-por-coronavirus/

González Díaz, M. 2020. “Bukele contra las maras: las impactantes imágenes con las que El Salvador anunció que juntó a presos de diferentes pandillas en las celdas para combatir la violencia (y qué riesgos conlleva)”, en BBC. Disponible en: https://www.bbc.com/mundo/ noticias-america-latina-52450557 [fecha de consulta: 28 de abril].

LatinUs. 2020. “Aumentan 80% llamadas por violencia de género durante pandemia en México”, en LatinUs. Disponible en: https://latinus. us/2020/04/23/aumentan-llamadas-violencia- genero-ochenta-mexico/ [

Pecharromán, C. 2020. “Suben un 60% las llamadas al 016 para pedir ayuda por violencia de género”, en RTVE. Disponible en: https:// www.rtve.es/noticias/20200506/suben- 60-llamadas-016-para-pedir-ayuda- violencia-genero/2013430.shtml [fecha de consulta: 6 de mayo].

Real Academia Española. Diccionario de la lengua española. Disponible en: https://dle.rae. es/agorafobia [fecha de consulta: 27 de Abril de 2020].

Redacción. 2020. “Presidente de El Salvador autoriza usar fuerza letal para enfrentar a pandillas”, en El Universal. Disponible en: https://www. eluniversal.com.mx/mundo/presidente-de-el- salvador-autoriza-usar- fuerza-letal-para-enfren- tar-pandillas [fecha de consulta: 26 de abril].

W Radio. 2020. “Nueva Zelanda no sólo está conteniendo al coronavirus, lo está eliminando”, en W Radio. Disponible en: http:// wradio.com.mx/radio/2020/04/08/internacio- nal/1586299042_103423.html.