Cauce

Publicación bimestral de la Coordinación de Extensión Universitaria

Cauce en línea

Un beso de Navidad

Letras en línea

Adalia Belén Romero González
Licenciatura en Química Farmacéutica Biológica
División de Ciencias biológicas y de la Salud

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Las luces navideñas centellean desde lo alto de la parroquia, el palacio municipal y el exconvento. Adornan las cornisas en una especie de cascada de colores brillantes que resalta a través de la neblina. La ciudad está viva, llena de personas que abarrotan las calzadas para realizar compras; niños que corren sobre las aceras volviendo locos a sus padres y vendedores de juguetes que no se dan abasto para atender a sus cliente. También entre esa multitud de corazones alegres hay algunos que están rotos, personas con heridas que aún no sanan y cuya única cura sea tal vez un beso de Navidad…


Mateo acomoda con desgano las últimas quince botellas de sidra en los despintados y percudidos anaqueles del pasillo de licores.
―Cada año es lo mismo― dice Carlos, sosteniendo una botella de tequila medio vacía―. Las personas beben mucho en estas fechas― se empina la botella.
―Eres un claro ejemplo de eso― le responde Mateo rodando los ojos y esbozando una sonrisa.
―Por supuesto que no― gruñe Carlos―. Yo bebo igual todo el año.
―Debes dejar de beber o te convertirás en un alcohólico― le advierte Mateo dándole una suave palmada en el hombro.
―Puede ser, pero por el momento me terminaré ésta― Carlos vuelve a empinarse la botella―. Por cierto― balbucea mientras se seca la boca con la manga de su camisa―. ¿Cómo estás?
―Estoy bien― contesta Marcos sin emoción.
―¿De verdad?― le insiste Carlos frunciendo el ceño―. No es que dude, pero casi traes un letrero en la frente que dice con letras mayúsculas «TE EXTRAÑO, DANIELA».
―Estoy bien― le repite el joven de cabello negro a su amigo, mientras limpia el anaquel con un vitral―. Ya no me duele.
―La superarás, hay tantas chicas lindas allá afuera― Carlos señala a la avenida principal―. Estamos en fiestas decembrinas, no olvides que en estas fechas todas esas tonterías de la magia y esas cosas se vuelven realidad.
Mateo reprime una sonrisa. ¿Carlos hablando de magia? Definitivamente el alcohol ya le hizo efecto. Le lanza a Carlos una de esas miradas que te hacen saber que piensan que eres un loco.
―No sé si quiera enamorarme de nuevo― comenta, acomodando las botellas de «sidra artesanal» en hileras―. Estoy bien así.
―Créeme cuando te digo que no estás bien, te lo digo como tu amigo, le hace falta luz a tu sonrisa― Carlos dibuja una sonrisa torcida―. Pareces un ogro amargado.
― ¿Amargado?
―Tienes una cara de tristeza y soledad que tan sólo con verte me entran unas tremendas ganas de llorar― Carlos cierra los ojos e imita un lloriqueo en medio de un ataque de hipo.
―Eres un idiota― Mateo sonríe mientras le propina a Carlos un golpe con el vitral.
―Lo digo en serio― continua Carlos―. El amor de tu vida puede estar allá afuera, caminando sola por el parque, triste, y muy probablemente con un semblante melancólico como el tuyo.

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Susan camina lentamente por el parque con la mirada al suelo, lleva dos horas esperando a Jacob y su paciencia comienza a agotarse. Detiene sus pasos frente al gran árbol de navidad que se roba las miradas de los transeúntes. Sus ojos observan con atención las luces de colores que lo adornan por completo, centelleando como pequeños luceros en medio de la neblina. Una suave melodía le cautiva los sentidos, mientras las esferas se menean lentamente con la brisa gélida de invierno. A un par de metros de ella un mimo hace reír a carcajadas a un grupo de niños que le observan embelesados. Susan suelta un suspiro pesado, se acomoda la bufanda y decide dar dos vueltas más alrededor del kiosco buscando a Jacob. No lo encuentra. Los pies le comienzan a doler por el tiempo que lleva de pie y la mala elección de calzado.
Ella mira la hora en el reloj de la parroquia: son las cinco con cincuenta y cinco minutos, se convence a sí misma de que definitivamente Jacob no llegará. Toma una larga y profunda bocanada de aire, tragándose con ello al remolino de sentimientos que se revuelve en su interior. Dirige su mirada hacia el tumulto de personas que ríen y se divierten a su alrededor, se enjuga una lágrima que comienza a brotar de uno de sus ojos, coge fuerza y desecha su última esperanza, alejándose con pasos lentos y pesados. En su rostro se dibuja una sonrisa melancólica, como símbolo de un corazón roto.


Mateo termina de guardar las cajas de cartón vacías, revisa una vez más el pasillo de licores. Todo está en orden. Coge del perchero su desgastado abrigo de lana, se lo pone sobre la camisa y se coloca con destreza la bufanda.
―Nos vemos― se despide de Carlos con una palmada en el hombro y sale del supermercado.
―No olvides lo que te dije― le grita Carlos con voz ronca.
Mateo camina por las calles abarrotadas de personas que van y vienen de un lado a otro, ocupando todo el espacio en las aceras. Mantiene las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo, protegiéndolas del intenso frío que le penetra la piel. Un mago realiza un acto de magia frente a una tienda departamental, el bullicio llega hasta sus oídos, avanza un par de metros más y se une a al grupo de personas que lo observan anonadados.
―Como he dicho, el día de hoy dos de ustedes encontraran el amor― hace una serie de señas extrañas con sus manos y Mateo frunce el ceño, «está loco» piensa.―. Tan sólo será necesario un beso de Navidad― esboza una sonrisa exagerada― ¡Feliz Navidad! ― grita y deja salir una risa ruidosa.


Susan mantiene la mirada perdida en las calles, la neblina se vuelve más espesa a cada minuto opacando los colores y convirtiéndolos en vagas sombras difuminadas. Su rostro se ilumina cada vez que ve a un niño feliz, corriendo entre los puestos de juguetes, e inmediatamente el recuerdo nostálgico de su infancia aflora de su interior. Se acuerda de ella cuando tenía diez años, cuando corría con Molly de juguetería en juguetería buscando alguna muñeca mientras la tarde caía lentamente y el cielo se teñía de gris. La neblina las empapaba, se tomaban de la mano y visitaban tienda por tienda hasta que conseguían la muñeca de sus sueños. Los recuerdos se desvanecen en su mente al escuchar aplausos a la distancia.


―¡Acérquense, puede que usted sea el afortunado en recibir un beso de Navidad!― grita el mago con demasiado entusiasmo y las personas le aplauden.
Susan se acerca al grupo de personas que observan ensimismados el acto de magia, aprieta los labios en una sonrisa vaga, convencida de que no tiene nada que perder. Al fin y al cabo, lo peor que podría pasarle es que aquel sujeto estuviera diciendo la verdad.
―¡Tú!― el mago señala a Mateo―. ¡Da un paso al frente!
Mateo frunce los labios y obedece con muy poco entusiasmo.
El prestidigitador esboza una sonrisa satisfactoria al mismo tiempo que hace un juego de manos muy peculiar.
―Y tú― el mago se dirige a Susan mientras ella mira a todos lados, desorientada―. ¡Sí, tú, la de la bufanda rosa, un paso al frente!― ordena con voz demandante.
Susan accede a la petición del sujeto vestido de azul, cuya apariencia se asemeja a un viejo gnomo de jardín.
―Muy bien― el mago se acomoda el gorro puntiagudo―. Ahora deben besarse.
― ¡¿Qué?! ― Susan y Mateo exclaman al unísono mirándose a los ojos con una expresión de pánico.
―¡He dicho que se besen!― el mago frunce el ceño y pone cara de disgusto―. ¡Háganlo rápido!, porque sino el hechizo no funciona.
Susan y Mateo se quedan quietos, sus rostros reflejan confusión en toda la extensión de la palabra. Se miran a los ojos e intentan inútilmente articular alguna oración sin tartamudear.
El público que los observa comienza a presionarlos.
― ¡Beso, beso! ― gritan sin parar.

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Mateo respira hondo, toma a Susan de la mano y busca en sus ojos algún indicio de aprobación. Ella se la concede y un instante después ya han unido sus labios en un beso mientras el mago vierte sobre sus cabezas un puño de brillantina, o mejor dicho, “polvo de estrellas”.
Cuando sus labios se separan ambos no pueden dejar de mirarse, unas ganas sobrehumanas de repetir el beso se apoderan de ellos. Sus corazones laten en sincronía, como si estuviesen hechos el uno para el otro y en un impulso, propiciado tal vez por el efecto del “polvo de estrellas”, ellos vuelven a besarse. Esta vez un beso largo, profundo y paulatino.
El mago los mira con satisfacción y lanza al público una reverencia. Las personas aplauden con fervor y entre ovaciones gritan “¡¡¡feliz Navidad!!!”.

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