Cauce

Publicación bimestral de la Coordinación de Extensión Universitaria

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Nubes

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Santiago Montes de Oca Solano
Licenciatura en Medicina
División Ciencias Biológicas y de la Salud

Las esquirlas del parabrisas brincan como las teclas albas de un pianista, de tal manera que la esquirla número 123 cae aquí muy cerca de mí en una tonalidad mayor; otra pasa por mi ojo, la número 599, es un Re menor.
Mis ojos ante tal orquesta no lloran, sin embargo, mi pecho sí. Llora lágrimas vermellas a través de la piel que se desgaja ante esas caricias intensas, que dejan al descubierto las miles de galaxias de flores, las cuales dentro de mí viven. Salen y salen a borbotones, bañan el asfalto, mas como es tierra impenetrable de negrura civilizada, insaciable, simplemente se secan y marchitan. Caen sus delicados pétalos, consumen su tallo, bailan con el viento de los demás autos que van y regresan, quebrándose en sonido crujiente ante las pisadas de los interesados.
Insisto reiteradamente en el hecho de que mis ojos no lloran, a pesar de ello, veo borroso, aunque siento, claro. Los perdigones en la cara de las personas, quienes se acercan más y más, liberan el humo de la curiosidad disparada; huele a gasolina y a aceite de motor. Alguien se acerca y me pone supino dorsal en mi dura cama de asfalto, por lo que puedo ver el cielo y sus nubes dinámicas, el follaje de unos cuantos árboles.
Ambos: nubes y hojas se mueven por el bullido de la ciudad y el viento. Son sus títeres, sus muñecos de hilos finos que en cualquier momento pueden cortarse. Entonces el muñeco y el títere dejan de ser lo que eran en tanto que en acción son algo más. Tengo miedo entonces de tal filosofía, tanto miedo de que mi alma, si es que tengo una, sea parte de tal naturaleza, pues no quiero perecer.
Si bien la orquesta ha cesado, sentí más luminoso el cielo, como si sus prismas de colores me curaran las heridas, como si el azul entrara a mis ojos y me permitiera ver de nuevo, como si el viento no fuera un peligro sino la fuerza que hacía que mi cuerpo se levantara. De tal modo que de un instante al otro vi mi cuerpo en el asfalto ensangrentado. Sonreí y me fui con el viento, junto con mis flores marchitas, a otro lado.


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