Cauce

Publicación bimestral de la Coordinación de Extensión Universitaria

Letras en línea

Al fin algo de aire fresco

Diego Emilio Varela de la Parra
Licenciatura en Comunicación Social
División de Ciencias Sociales y Humanidades

Los rayos de una trémula luz anaranjada invadían el interior de la olvidada sección prohibida que aún alberga la Biblioteca Nacional de Praga. Ahí me encontraba, balanceándome en la estantería más alta y peligrosa de todas, con mis brazos extendidos hasta donde les era posible, mientras la escalera se ladeaba peligrosamente de un lado a otro a más de unos diez metros de altura. A pesar de tan audaz empresa, mis dedos apenas alcanzaban a rozar aquella antiquísima encuadernación que, a pesar de estar a la vista, se encontraba inaccesible para la lectura de todos los mortales que lo vislumbrábamos desde los pisos de abajo.


Inaccesible para todos, excepto para la directora en jefe, Mirka Kalina, nombre que en checo vendría a ser algo así como flor blanca, aunque para ser sinceros su personalidad no tenía nada de floral, y su alma, no la podría describir como blanca precisamente. Detalles, lo importante es que esta mujer era la guardiana de las llaves, incluida aquella que abriría la cerradura de la vitrina prohibida a la que todos los visitantes dirigían sus miradas al entrar.

Me había hecho la promesa de que algún día abriría aquel candado para desentrañar los misterios que habitaban en aquellas repisas. No podrán culparme, es la curiosidad innata de los historiadores, cualquiera de mis colegas que hubiera estado en mis zapatos, habría procedido de igual manera.  Si pudiera comparar, sería equivalente a la emoción que sentiría un periodista al encontrar la gran noticia o la de los compañeros arqueólogos al encontrar una ciudad maya entre alguna selva inhóspita. Páginas viejas y olvidadas son aquellas cosas que atrapan mi atención, supongo que Kalina no me hubiera contratado si no hubiera notado mi entusiasmo por los libros que ella guarda con tanto recelo.
Sin duda, la tarea no fue fácil, pero sin la llave que Kalina dejó a mi cuidado en su día libre habría sido imposible. Realicé tres saltos y quedé colgado de las repisas unos eternos cinco minutos, en lo que mis pies alcanzaron de nuevo la escalera. 
Ya abajo, corrí emocionado a la primera mesa que encontré para pasar las páginas de mi más reciente hallazgo. Indudablemente escogí el texto más vistoso, su encuadernación parecía hecha de alguna especie de cuero escamoso. Sobre el lomo corría una serpiente dorada que se desplazaba hacia la portada y giraba en ella haciendo círculos concéntricos.
No había tiempo que perder, Kalina era una mujer que me dio escalofríos desde el primer día que di un paso en la biblioteca, no sería prudente que me encontrara husmeando entre los libros de la sección a la que ni a nosotros, los bibliotecarios, dejaba entrar.

Abrí el libro en la primera página, me llamó la atención que estuviera escrito a mano, en cursiva: Capítulo 1: –Sus últimas palabras no dejan de resonar en mi cabeza, pareciera que el diario me llamara para que lo abriera, ¿Qué será de mi si descubren que aún lo conservo?


El diario parecía estar estructurado en capítulos, cada uno ambientado en lugares y épocas distintas. Era un hallazgo inusual, sin duda. Cada protagonista relataba sus últimos momentos antes de que el destino pusiera en sus manos esta suerte de extraño diario.
Capítulo 7: –Lo he intentado quemar, pero no arde, vi a mi padre leerlo y desvanecerse frente a mis ojos. Sé que este libro está maldito, pero he de saber que ha sido de él…
Quizá era una especie de broma, pero tantos idiomas y tantas caligrafías distintas entre sí creaban una incógnita que no podía dejar sin develar, por lo que seguí de cerca el acontecer de la historia.
Capítulo 18: –Esta tarde ha venido un muchacho a la biblioteca diciendo que tiene una reliquia familiar que no puede descifrar, seguro alguien le contó que me especializo en la traducción de lenguas antiguas. Algo sobre este texto me deja intranquila, siento como si alguien aquí a mi lado me pidiera que lo leyese, ¿Sería posible que este diario fuera…?
Mi mano, temblorosa de emoción, pasaba la página a lo que sería el último capítulo que daría la respuesta final a una intriga que no había hecho más que crecer relato tras relato.
Apenas leí las primeras palabras de este desenlace, me quedé helado, el vapor de mi aliento se hizo presente en el aire y una mano fría, de hielo, se posó sobre mi hombro. Mirka Kalina me veía tan tranquilamente que de alguna manera parecía liberada. Tras guiñarme el ojo y besar mi mejilla, lo último que logré escuchar de sus labios fue:
Luego de 200 años… Ya añoraba el sentir de un aire tan fresco.
Con una repentina calidez en las manos, acarició lentamente mi portada y me colocó en la estantería de libros para regalar.
Investigando entre las páginas de mi pasado, descifré cómo dio inicio esta magnífica obra que ha navegado las mareas del tiempo con sus diversos protagonistas al timón. ¿Quién si no este gran historiador para resolver tal misterio?
Me encantaría contarte sobre mis hallazgos, pero llevo 50 años aquí ¿sabes?, y además, estoy seguro que tendrás tiempo para descubrirlo por tu cuenta.
Kalina tenía razón, los aparecidos no respiramos, y cuando volvemos por las noches a nuestro diario, el olor a páginas amarillentas y las termitas que comen nuestra existencia no resulta nada agradable. Realmente se siente bien volver a sentir el fresco aire de los vivos. Y bien, te dejo escribir, pues parece que ha llegado el momento de dar inicio a un nuevo capítulo… ¿no crees?

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