Cauce

Publicación bimestral de la Coordinación de Extensión Universitaria

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El día que el diablo me invitó a comer

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M. del Pilar Alva
Estudiante de la licenciatura de Comunicación Social
Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco

Imagen: Archivo Canvas

–Bien, heme aquí, señor Verca, ¿para qué soy bueno?

Después de múltiples cartas y correos electrónicos por parte de ese hombre, la Cámara Judicial, harta del acoso, resolvió actuar inmediatamente. Y es que no se trataba de mensajes ocasionales, como la mayoría de los ciudadanos acostumbraba hacer. Los textos que nos mandaba el señor Verca eran solicitudes. No parece haber ningún problema si se le ve como una solicitud pedida de buena manera y del algún modo no lastimaba a nadie, pues siempre recibíamos amenazas, quejas y muchas maldiciones, sobre todo maldiciones; si me pusiera a contarlas jamás terminaría.
El problema radicaba en que el señor Verca no mandaba sus solicitudes semanalmente, sino que enviaba cien al día. No había día u hora que se detuviera. Ni en los festivos o domingos. No respetaba vacaciones o navidades. Por más de un año estuvo mandando sus indeseables correos, hacía que nuestras secretarias, hartas del molesto ruido que hace la computadora al recibir un correo, renunciaran. Llenó nuestra bandeja de spam, porque era eso, mucho spam.
Correos de México, por su parte, tiene más de un millón de cartas firmadas con su nombre. A pesar de que las utilizamos como papel reciclado o cómo madera en nuestras fogatas de día de campo, las grandes hileras de cartas parecían no tener fin. Una vez hicimos una quíniela para adivinar cuántas misivas había en una columna. Nunca hubo un ganador porque a todos nos daba flojera siquiera imaginar la cantidad. Yo, he de aceptar, las uso como papel de baño. Llevo más de medio año sin comprar un solo rollo en el supermercado.
En fin, se tomaron cartas en el asunto a causa de que, aparte de nuestro hastío, ya nadie quería fungir como secretaria o secretario, y Correos de México nos amenazó con hacer público nuestro “obvio desinterés por la voz ciudadana”. Muy blancas palomitas nos salieron; pero igual no nos quedó de otra que acceder. Debíamos hacer lo que ningún político hace, mexicano o no: escuchar.
Me enviaron como representante de la Cámara Judicial. ¿Se imaginan? A mí que a veces llegaba tarde, por no decir crudo; pero no soy todo un irresponsable o un mala copa, mis virtudes son más grandes. Como yo lo veo hay dos razones: soy el más joven y una vez ayudé a cruzar a una anciana la calle. Sí, como lo oyen. Yo la ayudé, me dio las gracias y hasta me bendijo. ¿Qué más puede pedir un joven político como yo?  Varios compañeros fueron testigos de mi acto heroico y desde ahí me tacharon de humanista. Eso era lo que necesitaba la Cámara, alguien que tuviera corazón.
En fin, cuando llegué a la pequeña y desgastada casa, una de esas muchas de tabiques con lámina, estructura mal hecha con tierra como piso pero con electricidad y de televisor con alta definición, me recibió lo que yo deduje como la señora Verca.
–Buenas tardes joven. ¿Qué se le ofrece?
–Buenas tardes, me presento: mi nombre es Evaristo Toribio, político. Me manda la Cámara Judicial.
–¡Hazlo pasar! -–dijo una voz rancia que yo deduje era del famoso señor Verca
–Pase hijito, pase por favor. ¿Ya comió?, ¿gusta un vasito con agua?
Rechacé todas las amables invitaciones de la mujer lo más dulcemente que pude, quería salir lo antes posible de ahí porque los zapatos recién lustrados se me estaban ensuciando. El señor Verca se encontraba acostado, como si llevara siglos unido al viejo camastro. Olía a pollo y tenía las uñas de los pies largas y amarillentas como sus dientes
–No sabe cuánto los he esperado –dijo el señor Verca– Siéntese, siéntese.–Sí que lo sé –murmuré.
–Han pasado años –continuó como si no me hubiera escuchado– recé muchas veces a mi santo y supliqué al que no lo es tanto, sólo para que este día llegara. Y aquí está usted, jovencito. Sólo eso necesito, uno de ustedes para que me ayude con este mal.
–Como político haré lo que esté a mi alcance, porque no soy doctor ni santero y no curo ningún mal.
–Un político es lo que necesito. Ustedes siempre ven por nosotros, hacen lo mejor para nosotros. Yo voté por ustedes, ¿lo sabía? Debe saberlo, quizá no recuerde mi nombre porque revisan muchas hojas de votación. Y las cuentan una por una, mis muchachos. Siempre viendo por nuestro bien.
–¿Qué necesita de nosotros, señor Verca?
–Quiero hacerles una solicitud. La necesito. Lo redacté siempre así en mis cartas y e-mails, que palabra tan graciosa. Mi sobrino me ayudó con eso, ¿sabe? Llevó en la secundaria computación, gracias a ustedes, y ya le sabe mover a todo eso. Estaba re emocionado con la máquina esa, pero el muy imbécil se salió para concursar en un programa de cantos que ve su abuela.
–Ya entiendo. Quiere solicitar una beca para su sobrino, podemos ayudarlo con eso. Admiramos su insistencia y claro que entendemos que la educación es algo…
–¡No, no, no! él se salió, solito, que se las arreglé así: solito. Ahora a ver qué hace el idiotita sin escuela, todo por ese maldito programa. Si su abuela no se lo hubiera puesto, él no se hubiera llenado la cabeza de tonterías. Una tarde llegó con la noticia tonta, me vio y dijo: abuelo yo voy a ser cantante. Le di su cantante al escuincle.
–No lo estoy entendiendo, señor. ¿A dónde quiere llegar?

Imagen: Archivo Canvas


–¿Es que no leyó ninguna de mis cartas? No se apure, aquí tengo una…deje la encuentro, esta mujer todo me mueve, ¿no ve que apenas y me puedo mover? Antes tenía a mi sobrina, hija de mi hermana, la más grande. Ella siempre venía a ayudarme porque sabe que un viejo como yo ya no se puede mover, no como ustedes los jóvenes. Esa también se me echó a perder. Una noche estaba con su abuela viendo ese programa para idiotas, ese en el que todos compiten como desquiciados, saltan, gritan, corren quién sabe qué tanto. También llegó un día con la tontería, me vio y dijo: abuelo yo voy a ser concursante. Le di su concursante. Luego también otro de mis sobrinos…

Y ahí estaba yo, escuchando los problemas familiares de un señor de poca monta. ¿Qué día era hoy? Creo que viernes, ¿o era jueves? Fácil podría estar de jarra con los otros, de seguro hasta se burlaron de mí. Ya me imagino al Félix decir: “Ah ese pinche Evaristo, eso le pasa por humanista. ¿Quién lo manda a ser el favorito de las viejitas? Esas ya ni le sirven, aprendan de mí cabrones, yo soy el favorito pero de las buenotas”. Pinche Félix.
–¡Federica! –Gritó sobresaltándome
Ver al señor Verca removerse en su camastro, me recordó a las cochinillas cuando quedaban patas arriba. Era gracioso ver cómo se movían sus extremidades sin éxito alguno.
–¡Qué!
–¡Dónde están mis cartas!
–¡Ahí están!
–¡No las veo!
–¡Tú nunca ves nada!
–¡Dámelas!
–¡Párate!
–¡No puedo!
–¡Yo tampoco!
–Esta hija de toda su requete…no importa señor, no importa. Le haré un resumen como dicen ustedes. La cosa es sencilla, es lo que pido nada más. Quiero que ella se muera.
–¿Cómo dice?

– Quiero que mi esposa, mi compañera de más de sesenta años, muera.
–Señor Verca nosotros…

–No, no. No hace falta que me diga cómo. Yo sé lo que hacen, no es un secreto; quizá lo sea a voces pero eso no me preocupa. Yo sé que hay veces que uno no puede ser tan bien portado, las situaciones se ponen peliagudas y se necesita un poco de fuerza bruta, por no decir animal ¿me entiende? Yo fui policía, me sé una que otra maña, así que no me de explicaciones, hagan lo que tengan que hacer. Yo me haré de la vista gorda y aquí no pasó nada.
–Nosotros somos políticos, no asesinos. No puede usted pedirnos tal fechoría, no puede. Ni siquiera se atreva a imaginarlo porque…
–Ts, ts. Tranquilo, chispita. No me quiera venir con cuentos jovencito, esos que se los diga su abuela. Ahora resulta, me quiere hacer creer que los políticos no son lo mismo que los asesinos. Hasta me entraron ganas de reírme, ¡ay mi politiquito! Dije que era policía, pero ya estoy jubilado. No es que yo vaya a ir con mi jefe y suelte la sopa. No, no, además él ya estiró la pata, y yo quiero que mi mujer le haga compañía. Quizá no me expliqué bien, ahí le va: todos mis sobrinos dejaron la escuela por ver esos endemoniados programas junto con su abuela, disque para pasar tiempo de calidad con ella. Y vea, caro le está saliendo a toda la familia. Todo por culpa de esa vieja bruja, maldigo el día que me casé con ella. ¡La odio, la odio, la odio! ¡Te odio, Federica!
–¡Qué!
–¡Que te odio!
–¡No te escucho!
–Señor Verca yo…
–Le decía señor político, ese es el problema. Esa mujer, podrá no oír bien, pero es el mismo diablo. Me amoló la vida, se la amoló a su madre, a nuestros hijos y ahora a los sobrinos. Esto no puede seguir, me rehúso que siga haciéndolo.
–Tengo un primo que es psicólogo, con mucho gusto se lo mando para que…
–¡No, nada de psicólogos, no estamos locos! Bueno, solo ella, pero no quiero que la curen, quiero que la hagan pelarse.
–Un amigo mío de la universidad es abogado, puede ayudarlo a divorciarse y…
–¡Nada de abogados! Esos son vampiros que aparte de chupar sangre chupan dinero, mucho dinero. Yo quiero que la chupen a ella.
–Señor Verca…
–¡No pueden hacerme esto, yo voté por ustedes! Gracias a mí están donde están, gracias a mí comen. No me pueden dar la espalda. Todo esto es culpa del nuevo presidente, ¿verdad? Con sus deformaciones sólo hace que nos quedemos más pobres. Jamás les he pedido nada, nunca me he quejado de su gobierno. Sólo esto les pido, ¡ayúdenme por favor! ¡Ella es el diablo! ¡Por favor, se lo pido, ayúdeme! ¡Mátela, por favor, mátela!
–Pero señor…
–¡Hagan algo! Deben hacer algo, es su maldito trabajo. El gobierno debe solucionarlo, debe hacerlo. Ese pinche presidente está detrás de esto ¿verdad? Desde que pusieron esas malditas antenas él lo sabe todo. ¡Dígame la verdad! Nos espían ¿no es así? Nos están quitando el líquido de las rodillas, ¡acéptelo! Ella también está detrás de todo esto. ¡El diablo, el diablo!
–Señor Verca –dije con firmeza– No podemos ayudarlo con esto. Vine aquí con la mejor disposición, pero su petición es impensable, por no decir demente. Le he intentado dar soluciones más factibles y menos fatídicas, pero no entiende de razones. Todas sus acusaciones son igual de desequilibradas que su juicio y, en fin, me retiro de su casa. Por favor, deje de mandarnos cartas y correos.
–¡Pinche gobierno de ratas traicioneras! Estábamos mejor con el otro partido. Bueno no, no es cierto. ¡No, no se vaya! ¡No me deje con ella por favor, es el diablo! ¡El diablo!
Cuando salí de la habitación donde él seguía berreando obscenidades, ella me recibió en la sala.
–¿Ya se va joven?
–Sí, señora Verca. Con su permiso.
–¿No quiere comer algo? ¿un vasito con agua?
Volví a rechazar sus invitaciones y me abrió la puerta. Antes de que pudiera salir corriendo de ahí, ella me sostuvo la mano.
–Se parece mucho al que da las noticias, joven. ¡Cuídese mucho!, ¿trae carro?, ¿Sí? ¡Qué bueno!, aquí el transporte está horrible y no lo digo por los camiones, lo digo porque a cada rato sale un asaltante, si bien le va, sino sale hasta baleado.¿Lo esperamos a comer? ¿No? ¿Trae dinero para comprarse algo? Tenga, tenga para que se compre al menos unas galletas.
Tal vez lo que dicen de mí los demás y el pinche Félix sea cierto. Tengo algo de humanista y mi debilidad son las viejitas, pues lo que pasó después me ha acompañado por años: Le tendí todos los vales de despensa que traía conmigo, que eran muchos, uno no puede ser político en este país sin traer vales encima, ella extendió su frágil mano y me sonrió con los ojos llorosos. No tenía dientes, pero igual me deslumbró.
–Gracias joven. Muchas gracias. Vaya con cuidado, cómprese sus galletas. Ojalá vuelva otro día con más calma.
Cuando regresé a la Cámara guardé una de las miles de cartas, para recordar siempre a ese diablo que me invitó a comer.

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