Cauce

Publicación bimestral de la Coordinación de Extensión Universitaria

Cauce en línea

Demonio

Letras en línea

Edgar Alberto Ortiz Tirado
Psicología
División de Ciencias Sociales y Humanidades

Siempre vivió sólo, en lo más profundo del bosque. No podía recordar nada anterior a las frondosas ramas verdes, al húmedo y tenebroso lugar que pertenecía; sin embargo, había cierta emoción intrínseca, casi instalada en su mente, que lo obligaba a no alejarse más allá del río.

Todas las mañanas recolectaba frutos o cazaba pequeños animales para alimentarse. Una vez al día, se acercaba al río cautelosamente para tomar en un gran cubo de madera, el agua necesaria para subsistir. Pero no más allá, era peligroso.

Todo cambió una fría tarde de otoño, mientras se entretenía remojando sus toscos pies en el agua, divisó a la otra orilla a un extraño ser. No tenía concepto de lo bello y lo horrendo, pero aquella pequeña criatura logró cautivarlo.

Se escondió tímidamente entre la maleza para observarla con cuidado. Su blanca piel reflejaba los pocos rayos de luz que se colaban entre las hojas buscando vida y se cubría la cabeza con un sencillo trozo de tela. Su vida cambió cuando ese ser se descubrió: una negra y reluciente cabellera surgió, y un delicioso aroma a jazmines impregnó el cauce del río…

Sus pequeños ojos se abrieron como jamás lo habían hecho, su casto corazón empezó a latir rápidamente, y antes de darse cuenta, se encontraba con la cabeza fuera de su escondite. Tenía la respiración agitada y, por increíble que parezca, una lágrima espesa se asomaba entre sus párpados.

Al oír su respiración, la pequeña y blanca criatura volteó la mirada hacia donde él se encontraba. Sus ojos se encontraron con los suyos, se abrieron enormemente y lanzó un estrepitoso grito que asustó a las aves del bosque, movió cada hoja de cada árbol que los rodeaba, y rompió algo dentro de él.

La criatura corrió en dirección contraria de donde había venido, y él la vio desaparecer en la negrura del bosque.

Al recuperarse de aquellos nuevos sentidos que había adquirido después de su encuentro con tan bello ser, empezó a examinarse. Nunca había tenido conciencia de cómo era su aspecto. Definitivamente aquella criatura se parecía a él, pero al mismo tiempo eran muy diferentes. El pálido color de ella no se asemejaba en nada a su piel llena de cicatrices y rasguños recientes; sus gruesos pies y brazos no eran como aquella delicada figura que vio en el río; sobre todo, él no poseía cabello alguno, ninguna fibra en todo el cuerpo. Al tocarse la cara, descubrió sus grotescas facciones, lo pequeño de sus ojos, el nulo rastro de belleza.

Desesperado, corrió a la fuente de agua para buscarla nuevamente, pero se detuvo antes de poder cruzar el río. Divagó unos minutos, antes de decidirse a seguir sus pasos. Por fin, dispuesto a encontrar a aquella bella criatura y calmar su curiosidad, se dirigió a donde creía que se había ido. Pronto se vio rodeado por luces centelleantes, primero apareció una, escuchó un grito a lo lejos, y en segundos, se convirtieron en decenas de antorchas a su alredor.

Después de apaciguar el incendio, se llevó a cabo una gran fiesta en el pueblo. Habían matado al demonio.

DEJAR UNA RESPUESTA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *