Cauce

Publicación bimestral de la Coordinación de Extensión Universitaria

Cauce en línea

En esta casa hay fantasmas

Letras en línea

Noemí Ulloa Lona
Colaboradora de la Oficina de Desarrollo Académico
Coordinación de Planeación, Vinculación y Desarrollo Académico UAM Xochimilco

El primer incidente pasó casi desapercibido, sólo ahora, hecha un ovillo en la cama, mientras miro fijamente al buró y siento el calor en la espalda, pienso que todo tiene sentido. Aquella vez estábamos en la sala, yo en el sillón de dos plazas —ocupadas por mí y mi enorme soberbia, solía decir en broma— y él, en el sillón individual, unidos en el vértice por una mesa siempre llena de tazas de café y bolígrafos.  Sus dedos acarician los míos invariablemente cada que se encuentran, me mira por encima del libro que lee cada tarde.  

El sofá, en realidad lo comparto con varios libros, libretas, hojas sueltas y algunos cojines que me ayudan a soportar la postura las muchas horas que estoy en él. Cuando mi cuerpo se queja demasiado y se inquieta tanto que no deja a mi mente estar en las letras, me dejo caer a la alfombra y me estiro, llevo mis piernas desnudas a su regazo o me deslizo entre él y su lectura. 

Imagen: Archivos Canvas

Él aceptará la invitación, sabe cuál es mi forma preferida de distraerme. A pesar de conocer cada paso que dará, al primer contacto de sus manos mi cuerpo responde como el primer día. Nadie entendió qué hacía con él cuando empezamos a salir —es tan diferente a mí—, menos aún que fuera el primero con el que acepto vivir. No iba a explicar que fue mi piel la que lo eligió, el más auténtico de los criterios. No iba a repetir que ahora sé que el amor no es suficiente, que contigo lo aprendí. 

Esa tarde, bajé del sillón y fui directo a él. Dejó el libro y acarició mis piernas, que coloqué a horcajadas encima suyo. Lo besé, sus manos subieron por mi cadera y entraron debajo de la blusa. Con frecuencia interrumpía sus caricias para volver a escribir, sorprendida por una revelación que sólo llega al relajarme por completo, lo sabe y se toma su tiempo. Cuando sintió en mi respiración que ya no podría detenerme, me llevó al sillón de tres plazas, se colocó encima de mí y mis piernas lo rodearon como un par de serpientes que envuelven a su presa. Sentí sus dedos acariciarme, el calor de su boca en mis muslos, en el vientre y en ese estremecer me perdí. Me tomó de los brazos para incorporarme y quitarme la blusa, en ese momento abrí los ojos y, tras un segundo de verme directo a ellos, volteó a mirar tras de sí, sobresaltado. Regresó a mis ojos, buscó algo que no era yo, pero mi mano en su entrepierna no lo dejó pensar más. 

Hace tiempo que vivías bajo mis párpados. Intenté extirparte, analizando por qué tenías razón —como siempre— y debía resignarme a que te ibas. Si tan sólo fuera que no me ama, me repetí cientos de veces. Te dejé en cartas y versos, en otros hombres; en gritos ahogados y lágrimas cicatrizantes. Cuando ya no hubo más de ti en mi cuerpo, ni tu recuerdo en mi piel, ni el ansia en mi boca, te quedaste en los sueños. No pocas veces te pensaba, creía verte en cada multitud, en cada hombre que pasaba a mi lado. Un par de años después aprendí a recordarte y noté la ausencia del dolor que me desgarró el alma cuando te fuiste. Supe que me había curado de ti. 

Imagen: Archivos Canvas

Entonces llegó él. La primer mirada que cruzamos me estremeció. Algo despertó dentro de mí, algo que estaba dormido mucho antes de ti, que evocaba un amor adolescente, una forma de sentir sin pensar. Esa tarde no pude alejar de mi mente su rostro y ni siquiera sabía su nombre; era hermoso. Caminaba despacio, sonriendo en silencio. Necesitaba esa calma, ese tener todo el tiempo por delante y ninguna prisa, pero, ni obligación. Estar contigo fue una tormenta, tan intenso y devastador que parecía insoportable; con él puedo descansar, a su lado tengo la calma que no vive en mí. Con esa tranquilidad, como un río cálido que te acaricia despacio hasta que te sumerges, entró en mi vida y poco después en mi casa. 

No pude evitar compararlo contigo, extrañar tu forma de quererme; pero con el tiempo logré verlo sin tu sombra. De alguna manera tu recuerdo se diluyó en mí, te incorporaste a mi ser de tal forma que a veces podía verte sonreír al saber que él me hacía feliz. Unos meses después de vivir juntos noté que seguías ahí, enterrado en lo profundo, con vigilancia constante y dispuesto a salir del olvido a la primera provocación. Mis noches ahora eran suyas, tal vez te sentiste desplazado. Sólo tú podías entrar tan profunda y decididamente y hacer tanto tu voluntad.

Dormir con él fue lo que me hizo quererlo en mi cama cada noche, sólo así sé lo que siente, sólo su piel me habla. Me escucha por horas, a veces divertido por mi hábito de complicarlo todo; otras perplejo, como si no entendiera un ápice de lo que digo, pero siempre paciente. Me lee poesía después de comer, mientras bebemos un café que ha preparado con tanto cuidado que parece cosa de vida o muerte. Contigo podía hablar por horas, reír, discutir. Me contabas historias de dioses que no existen antes de dormir. A ti te quería sentir de formas que ni siquiera existen, te quería tener en cada poro, en cada pensamiento. Él es inaccesible en muchas formas, sólo es mío al dormir. Quizá por eso regresaste primero en un sueño.

Un domingo por la mañana, todavía en la cama, escuché un tarareo proveniente de la cocina y ruido como si alguien cocinara. Sin pensarlo, caminé hacia allá buscando el sonido: tú siempre cantas cuando estás contento. Me quedé tras la pared de la cocina escuchando, temiendo romper ese frágil velo que cubre la realidad en los momentos más felices, intentando reconocer la canción, distinguir tu voz, escucharte hablar solo, como haces cuando crees que nadie te ve. Cerré los ojos y pude verte probando los panqueques, distinguiendo cada sabor, contando las sensaciones, maldiciendo porque te quemaste por cocinar desnudo. 

El tarareo se detuvo y escuché caer un cubierto, abrí los ojos y en ese instante me pareció despertar por completo. Al entrar a la cocina, él me miró perplejo. Le pregunté qué pasó, me dijo que había alguien a su lado, que sintió algo raro y luego vio una especie de sombra junto a él. “En esta casa hay fantasmas”, dijo. Reí por la expresión que tenía.  Él siempre tan analítico y razonable hablando de fantasmas, era algo inconcebible; aunque sé que lo dijo en broma, su inquietud fue real. Ahí supe que eras tú, el único fantasma que podía habitar la casa y habitarme a mí, eras tú. 

No podía permitirlo, no después de todo lo que pasó para sacarte. Me decidí a dejar de pensarte. “Mi vida era buena, lo tenía todo”, me repetía eso constantemente y me aferraba a él, a reconocerlo, pensarlo, verlo y sentirlo a él. Cuando me descubría pensándote, de inmediato lo miraba a él. Dormía hasta que estaba exhausta para no soñarte, me obligué a hacer el amor sin cerrar los ojos. Desde ese silencio en el que vive encerrado él me observa todo el tiempo. Conoce mis reacciones, me notó inquieta y le dije que era por la novela, que debía terminarla y estaba en un impasse. Siempre me preocupó que te descubriera en los versos, en los objetos, en el estúpido hábito que tengo de hablar dormida. Lo que menos quiero es lastimarlo: él es perfecto para mí. 

Imagen: Archivos Canvas

No podía permitir que continuaras apareciendo. Me obligué a vigilar mis pensamientos todo el tiempo; era desgastante. Opté por enfocarme más en él y le pareció sospechoso. Sabía que yo no era tan atenta, que no solía pensar en los demás y se inquietó. Preguntó si le estaba siendo infiel, no pude evitar una carcajada por lo absurdo de mi pensamiento inmediato “sí, con el fantasma”, y respondí que no. Lo preguntó con la tranquilidad de siempre, con la ecuanimidad con que maneja todo y el tema se cerró con mi respuesta, pero lo vi preocuparse. No tener una explicación era peor.

Anoche ya no pude contenerme, contenerte. Me dejé llevar. Me metí a la cama y nuestros cuerpos desnudos se reconocieron de inmediato en ese diálogo más sincero que cualquier palabra, pero cerré los ojos y ahí estabas: eran tus manos, tu respiración y tu piel. Eras tú reclamando mi cuerpo. En algún momento, en la oscuridad, estoy segura que reconocí tu silueta. Volví a cerrar los ojos, sin pensar. Al terminar le di la espalda y me metí en sus brazos. Desperté hace un rato, no siento su cuerpo ni su respiración en la nuca. Él siempre intenta meterse en mi cabello, tú duermes boca arriba. Él me abraza toda la noche, ansioso, demandante; tú necesitas espacio. Tu cuerpo hierve, es insoportable. No quiero mirar, no quiero que sea él.      

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